axel meléndez*

En pasados días, la ahora candidata a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, propuso la eliminación del examen estandarizado que realiza la Comisión Metropolitana de Instituciones Públicas de Educación Media Superior, COMIPEMS, así como la gestión de “un nuevo mecanismo de acceso a los jóvenes de nivel medio-superior”, dado que, en palabras de Brugada, la prueba que actualmente se realiza es un mecanismo que “deja fuera, excluye, que reprueba, que castiga a los jóvenes”.

Sin duda, habrá que celebrar la propuesta pues está más que comprobado que este tipo de exámenes de ingreso a la educación media superior (y superior) contienen sesgos que dejan fuera a los sectores más empobrecidos de la sociedad, tratándose incluso de más mujeres que hombres excluidos.

Sin embargo, celebrar la propuesta de este posible giro en el ingreso a la educación pública debe de tomarse con cautela, recordemos que la ahora candidata a la Presidencia de la República, Claudia Sheinbaum, también criticó fuertemente al COMIPEMS durante su jefatura de gobierno en la Ciudad de México, no obstante, no se avanzó en su eliminación; incluso, el actual Presidente, Andrés Manuel López Obrador afirmó como candidato durante su última campaña electoral, que eliminaría los exámenes de ingreso a la educación superior, lo cual tampoco ocurrió. Es decir, no se trata solamente de tener buena voluntad o de hacer promesas de campaña, sino de mirar el problema de forma estructural.

Y es que los exámenes de selección son la joya de la corona del denominado neoliberalismo educativo en tanto privatización y exclusión de la educación superior. Estas pruebas estandarizadas convierten a las personas que quedan fuera de la educación pública en sus propios victimarios y no víctimas de la desigualdad social y educativa que vive el país, trasladando la responsabilidad del Estado a garantizar la educación, hacia las y los estudiantes a través de un discurso de sus propios “fracasos educativos”, para, a través de una prueba estandarizada, ocultar los problemas estructurales en la educación del país.

Estos exámenes, desde sus inicios, no sólo construyeron la idea anterior, sino que fueron acompañados de la disminución del presupuesto y de la matrícula en las instituciones públicas tradicionales y del crecimiento desbordado de la educación técnica. Es decir, los exámenes de selección fueron el pretexto, primero, para justificar e individualizar las problemáticas educativas y, segundo, para dejar de fortalecer instituciones tradicionales como son la UNAM, IPN o la UAM.

En este sentido, no basta sólo con eliminar los exámenes de selección, sino que su eliminación debe de ir acompañada de una política educativa que contemple la creación de nuevas instituciones educativas y el fortalecimiento de las ya existentes. Debe de considerarse un aumento al presupuesto educativo y garantizar la trayectoria académica de las y los estudiantes. Pero, sobre todo, debe de emprenderse un proceso que ponga énfasis en la concepción de que el derecho a la educación debe de ir acompañado del derecho de decidir en qué institución se quiere estudiar.

Si se elimina el examen único de ingreso a la educación superior, algunas instituciones seguirán aplicando sus pruebas estandarizadas y seguirán excluyendo a miles de jóvenes de la educación pública. Por eso es que este problema debe de abordarse de manera más profunda, sin demeritar el avance (si es que se concreta) de la eliminación de los exámenes de selección. Sin duda, no es lo mismo no ingresar a la educación media superior de tu preferencia a partir de un mecanismo que te convierte en tu propio victimario, a construir mecanismos más justos y equitativos que contemplen la heterogeneidad de la población aspirante y ponga énfasis en el reconocimiento de las desigualdades sociales y educativas.

No todo se trata sólo de la buena voluntad, eso es algo que tenemos que tener claro todo el mundo. La eliminación de los exámenes estandarizado es una confrontación directa a las empresas privadas (disfrazadas de asociación civiles como el CENEVAL) y a las instituciones educativas autónomas. Pero la mejor forma de confrontar es, primero, con una política educativa que contemplé las causas estructurales y, segundo, se necesita de una fuerza social que impulse el cambio.

La pedagoga argentina, Adriana Puiggrós, afirmaba hace algunos años que la “escuela era la plataforma de la patria”, refiriéndose no sólo a la creación de nuevas instituciones educativas, sino a poder problematizar qué tipo de formación queremos en la educación. Esto me parece fundamental, ya que, en esta discusión sobre la eliminación de los exámenes estandarizados, es necesario preguntarnos a qué tipo de escuela podrían ingresas las y los aspirantes y, sobre todo, qué tipo de formación tendrían. Por esto es una tarea de primer orden que no solo centremos la discusión en la denuncia de los intereses privados, sino que comencemos el diálogo educativo y pedagógico de lo que representa este tipo de propuestas para establecer las rutas claras de lo que implican los retos en materia educativa porvenir.

*Pedagogo